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| Historia Antigua I | Resumen del libro: Los hebreos en el gran cannan | Cat: Gandulla | 1° Cuat. de 2008 | Altillo.com |
1.2.- HISTORIA DEL GRAN CANAAN DEL BRONCE MEDIO AL HIERRO I
1.2.1.-Consideraciones metodológicas y teóricas:
1.2.1.a) Metodología de análisis
Intentaremos reconstruir el marco histórico de la manera menos confusa posible
en todo lo atinente a
situaciones generales, particularmente en lo que se refiere a lo precedente al
corte temporal que hemos
adoptado como centro de nuestro trabajo. Ya dentro del período elegido creemos
que, posiblemente,
sea más fácil realizar esta síntesis aludiendo a cada unidad de civilización
significativa, queriendo
hacer notar que esta compartimentación es sólo un recurso metodológico para
hacer más comprensible
un largo y dinámico proceso desarrollado en la macrorregión a la que llamamos
Gran Canaan.
1.2.1.b) Proceso Histórico y Esferas de Interacción Cultural
El concepto de "esferas de interacción" fue introducido en la arqueología por J.
R. Caldwell en 19644.
Este concepto describe las condiciones en las cuales las sociedades localmente
"autónomas" también
estuvieron conectadas sobre una base regional, es decir que los sistemas
sociales locales podrían ser
identificados por modelos distintivos de asentamiento en específicas
circunstancias ecológicas o geográficas,
la práctica de técnicas de subsistencia apropiadas y el mantenimiento y
reproducción de
orientaciones culturales históricamente determinadas y asociadas a la cultura
material. Sin embargo la
circulación de ciertos bienes "unió" a estos sistemas locales en una más vasta
área, regional o suprarregional.
Con el objeto de perpetuar el flujo de estos bienes fue inventado, en
consecuencia, un código
común de valores y creencias, manifestado en un corpus compartido de símbolos,
para facilitar la
interacción social necesaria para el intercambio de bienes; este código aunque
no fue concebido por
las elites rápidamente llegó a ser controlado por éstas. La formación de una
esfera de interacción tuvo
implicancias evolutivas: conectó a distintos pueblos por encima de los lazos
locales de parentesco;
promovió la adopción de innovaciones e ideas entre los diferentes pueblos e
incrementó el status de las
élites locales constituyendo así el fundamento a partir del cual emergerían
sociedades más estratificadas.
La construcción de este concepto haya resultado de estudios en el oriente
noteamericano pone claramente
de manifiesto la universalidad de los procesos culturales del hombre.
El conocimiento del proceso histórico oriental desde una perspectiva de "esferas
de interacción" permite
relevar evidencias de las particularidades etnoculturales del área desde el
Neolítico tardío (que
comprende los períodos de Hassuna, Samarra y Halaf) en adelante.
En el Neolítico Tardío de Mesopotamia, dice Norman Yoffee6, la economía de las
aldeas permanentes
estuvo basada en especies de flora y fauna morfologicamente domesticadas de
forma tal que ya hacia
el 6000 a. C. los seres humanos habían intensificado por medio de la tecnología
existente la cantidad
de trabajo requerido para el mantenimiento de la estabilidad residencial dentro
y fuera de las áreas
donde se encontraban y abundaban naturalmente los recursos cerealeros, animales
y lacustres, desarrollo
este que se ha descubierto recientemente se produjo en el mismo Neolítico
Temprano.
La intensificación del trabajo en las aldeas del Neolítico Temprano (Sotto,
Kültepe, Maghzaliyah,
Jarmo) condujo a una nueva división del trabajo en la producción y distribución
de recursos. Los profundos
cambios sociales y económicos están reflejados en una arquitectura diversificada
y de gran
tamaño en los sitios Neolíticos, incluyendo fortificaciones. Estos cambios en la
organización pueden
seguirse a través de las fases del Neolítico Tardío de Hassuna, Samarra y Halaf.
Durante estos períodos las tendencias hacia una mayor diferenciación social y
económica tuvieron
lugar a través de formas regionales de interacción. Estas "esferas de
interacción regional" se continúan
por medio de la reestructuración organizacional en el periodo Ubaid y la
transición política y demográfica
del período Uruk.
La dispersión regional de los conjuntos cerámicos de estos períodos muestran la
vastedad de las “esferas
de interacción”. La distribución de la cerámica Halaf es un buen ejemplo pues se
superpone al área
de desarrollo de la cerámica Samarra pero apenas penetra en la llanura aluvial
de la Mesopotamia,
dominada por la Ubaid temprana.
Una explicación plausible de la amplitud que alcanzó la cultura Halafiense, dice
Yoffee8, es que la
producción y distribución de su cerámica fue "controlada" por elites locales
emergentes que mantuvieron
una red regular de comunicaciones y estuvieron limitadas a una serie de
intereses particulares. Esta
interpretación tiene una razón económica: en Halaf la circulación de la
obsidiana de Anatolia, el cobre,
turquesa y otros materiales fue facilitado por un sistema de símbolos que
proporcionó un vínculo "cultural"
compartido.
James Mellaart, aplicando el concepto de "esferas de interacción" propuso la
interesante idea de que
Hassuna y Samarra pueden ser cada una reconocidas como un paquete
geográficamente localizado de
interacciones que "unificó" sus regiones. Es posible percibir cada grupo de
interacciones, que incluyeron
intercambios de bienes y presumiblemente asociaciones matrimoniales, en el
corpus compartido
de motivos cerámicos en cada región: se puede inferir que cada uno de estos
repertorios regionalmente
diferenciados representan valores y una historia compartida. De tal forma,
señala Mellaart, cuando se
halla un sitio Samarra en Siria o cerámica Samarra en la Mesopotamia
Septentrional la conclusión
correcta debería ser no que la agricultura de irrigación fue importada allí sino
que gente de la Mesopotamia
central estuvo comerciando en estas áreas.
El caso de la cultura de Halaf, aunque similar, es diferente debido a que
refleja una "esfera de interacción"
interregional. La uniformidad de los motivos Halaf, asociado con la circulación
de cerámica
desde sitios de producción especializados implica que las elites locales
estuvieron tratando de controlar
la producción no sólo de las vasijas sino también de los símbolos importantes
-el código metalinguístico-
que facilitó el intercambio de bienes por encima de grandes distancias y a
través de muchos
límites étnicos locales.
Por su lado, destaca Yoffee que:
También es posible ampliar estos ejemplos fuera de la Mesopotamia. En la zona
noroeste del Gran
Canaan por ejemplo ha sido, y es, intensamente estudiada la cultura de Amuq12,
cuyos origenes se
[…] las raíces de la dicotomía regional Asirio-Babilónica, característica de las
épocas
históricas de la Mesopotamia, puede ser rastreado en el período Neolítico
Tardío. Los
haces de esferas de interacción septentrionales y meridionales, donde las
poblaciones
de cada región llevan a cabo relaciones sociales y económicas más intensivamente
en
zonas geográficas -más que a través de ellas- ya parecen establecidos en el
sexto milenio
a. C. La interacción entre estas zonas, sin embargo, no fue ni infrecuente ni
carente
de importancia y estuvo basada tanto sobre la complementariedad ambiental (de
allí el intercambio de recursos) como en las interconexiones a largo plazo de
los pueblos
de esas áreas. En el período Ubaid esta interacción regional se reflejó en la
formación
de un sistema de creencias (claro en el panteón común que fue conservado,
adaptado y transmitido durante generaciones en los tiempos históricos) y un
conjunto
de valores e instituciones culturales que los unió a todos frente a un orden
mundial
exterior […]
Más que mirar al período Halaf como representando un reemplazo étnico en gran
escala
o un cambio demográfico de población en la Mesopotamia septentrional, se puede
plantear que esta influencia que llegó a Mesopotamia de la región norte de Halaf
(Armenia, especialmente Anatolia y Siria septentrional) fue incorporada dentro
de una
muy amplia esfera de interacción interregional. La esfera de interacción Halaf
incluyó
así muchos grupos étnicos cuyas elites llegaron a estar conectadas, donde fueron
forjados
nuevos símbolos y valores culturales para promover tales interacciones, así como
nuevas riquezas y de status para la manipulación de tales símbolos y el control
del
flujo de bienes por las elites.
(...) Dentro de las esferas de interacción los grupos locales originariamente
autónomos
(o cercanamente autónomos) son transformados en grupos étnicos a través de su
participación
en sociedades en las que la etnicidad, territorialidad, ocupación y status
proporciona funciones diversas y superpuestas a sus miembros individuales. De
tal
forma no son los grupos étnicos los que promueven la interacción sino que a
través de
las esferas de interacción es que puede ser construida la etnicidad. Por
supuesto que el
estudio de las esferas de interacción Mesopotámicas no suplanta las
investigaciones
sobre la tecnología, la subsistencia y los sistemas sociales locales. Sin
embargo el conocimiento
de estos tópicos solamente no puede llevar a la comprensión de la formación
de límites culturales - como los pueblos se definen a sí mismos, como se han
amalgamado sus identidades y cómo interactuan en espacios socialmente
construidos
que son también receptáculos de poder."
remontan al 7000 a. C. y es contemporánea de Hassuna y Samarra. Las fases de
esta cultura, que los
arqueólogos han designado como A hasta Q, abarcan desde el Neolítico hasta el
período Helenístico.
R. H. Dornemann13 dice que la secuencia cultural Amuq, que continúa a través de
los períodos Halaf
y Ubaid, está bien documentada en ricas tradiciones alfareras de cerámica
pintada monocroma y bicroma
donde se encuentran representadas tanto tradiciones locales como las típicas de
Halaf y Ubaid,
circunstancia que consolida la interpretación de la existencia de las esferas de
interacción allende la
Mesopotamia.
Otro caso similar es la construcción geográfica a la que M. Kelly-Buccellati ha
denominado como
"Media Luna Fértil Periférica"14 que pone de relieve una vasta esfera de
interacciones que vincula al
Caucaso con Anatolia oriental, Siria y Palestina.
Con el Caucaso meridional como punto inicial de expansión, dice Kelly-Buccellati,
estas culturas desarrollaron
diferentes modelos en diferentes zonas geográficas. El modelo específico de cada
área
individual estuvo condicionado por una variedad de factores, entre ellos la
influencia de fuerzas culturales
locales donde las hubo. Una de las características más visibles de la cultura de
la Media Luna
Fértil Periférica, que establece la vinculación de Siria y Palestina con el
Caucaso y otras regiones, es la
de la cerámica bruñida. El tipo más común de esta cerámica es la hecha a mano,
con el exterior cubierto
por una pátina y luego bruñido, habitualmente negra pero a veces del marrón al
rojo. Una variante
de este tipo es la ampliamente conocida cerámica Khirbet Kerak (Beth Yerah) que
se encontró en Palestina
y también en Siria, ala que nos referiremos más adelante.
En Siria-Palestina como en el Caucaso esta cerámica es similar tanto en la forma
como en la decoración
también se halla en las formas de la arquitectura doméstica. La planta de las
habitaciones de las
viviendas y su ordenamiento dentro de las aldeas en Pulur/Sakyol o en
Kvatskhelebi guardan estrecha
semejanza con sitios Amuq o de Chatal Hüyük. Este mismo modelo se halla también
en casas de
Hama y Beth Yerah.
Esto muestra la vastedad y variedad de las esferas de interacción en Cercano
Oriente que se proyectan
desde su prehistoria a las épocas plenamente históricas creando las bases para
repensar su proceso de
desarrollo a partir de una suerte de sustrato común o, al menos, fuertemente
compartido.
Resultaría así perfectamente posible pensar en la existencia de ese conjunto de
valores, símbolos e
instituciones culturales comunes que Yoffee ejemplifica en la formación de un
sistema de creencias en
el período Ubaid.
Si por un lado estas particulares características que ofrece el Cercano Oriente
constituyen un elemento
altamente estimulante para la comprensión de sus procesos de civilización, por
otro se erigen como un
escollo para una reconstrucción sintética de las etapas de su Historia sobre
todo en el arbitrario corte
temporal que debemos imponerle a propósito de nuestro estudio.
Considerando estas dificultades pensamos que la mejor manera de estructurar el
marco histórico general
de de este continuum geográfico y cultural es a través de un examen analítico
por regiones incluyendo,
para una comprensión más clara, períodos que exceden al corte temporal aludido
pero que pueden
constituirse en antecedentes de fenómenos de interacción que, de una u otra
manera, habrían dejado
indicios para rastrear los procesos constitutivos del sustrato etnocultural del
Antiguo Israel.
2.2.2.b.5.1) La Industria Cerámica Khirbet Kerak:
Esta denominación designa a un assemblage bien diferenciado de formas cerámicas
del EB III hallado
en varios sitios de Palestina, Siria y Anatolia Oriental que fuera descubierto
hacia 1930 por W. F. Albright,
llamado Khirbet Kerak o Beth-Yerah es un tell de escasa altura de unas 25 ha
ubicado en el
extremo sudoccidental del Mar de Galilea que ha erosionado una parte del mismo.
El nombre Khirbet Kerak es desconocido para la Edad del Bronce y aunque Beth-Yerah
no está mencionado
en la Biblia Hebrea ni en ninguna otra fuente de los períodos del Bronce y del
Hierro, el término
bt yrh, “casa de la luna”, lo ubica dentro de la tradición lunar canaanea.
Este sitio, densamente poblado durante el período del EB, también reveló restos
de las épocas Helenística,
Romana, Bizantina e Islámica Temprana. En los materiales EB, que se hallan en
todo el tell, B.
Mazar determinó la existencia de cuatro fases:
Bet-Yerah I: Viviendas de pozo conteniendo cenizas y huesos de animales y
Cerámica Gris
Bruñida de comienzos del EB I, llamada Calcolítica Tardía por los excavadores.
Bet-Yerah II: Casas rectangulares de adobe y Cerámica de Bandas patinadas que
datan de fines
del EB I.
Bet-Yerah III: Construcciones rectangulares de adobe con cimientos de basalto
y posiblemente
una muralla también de adobe en tres secciones de 8 m de ancho. Esta fase data
del EB II.
Bet-Yerah IV: Es la fase más densa con más de 2 m de acumulación de restos y
cuatro etapas
de edificios. Aquí se han encontrado grandes construcciones de piedra con
figurillas de animales
y abundancia de la cerámica Khirbet Kerak (Khirbet Kerak Ware = KKW). Esta fase
corresponde
al EB III.
El repertorio cerámico hallado en Beth-Yerah IV es de un tipo peculiar y, a
todas luces, una innovación
de tipo intrusivo. El repertorio cerámico KKW se compone de tinajas realizadas a
mano, hechas
con arcilla poco alisada, cuerpo grueso y cocidas a temperatura comparativamente
baja. Fueron cubiertas
con una pátina gruesa y altamente lustrada. El color de la pátina era controlado
por fuego: el
exterior fue negro o negro con el borde rojo.
Las formas decorativas van desde simples nudos y líneas (especialmente sobre los
pequeños cuencos)
a espirales y polígonos (especialmente en las grandes ánforas y crateras) e
imágenes antropoides. Estas
decoraciones fueron hechas antes del lustrado y puede ser acanaladas o en
relieve, aunque hay pocos
ejemplos donde la decoración fue grabada mediante el lustrado de la superficie
después que la vasija
había sido cocida.
Los modelos más antiguos de esta cerámica, fechados hacia el 2800 a. C., fueron
hallados en Anatolia
Oriental y el sur de Rusia, para ser mas exactos en regiones de Georgia como
indica A. G. Sagona4
que la asimila, siguiendo la tradición de la arqueología Soviética, con la
cultura Kura-Araxe y que
Burney denomina, a nuestro juicio correctamente, como Early Trans-Caucasian
Culture (ETC).
La repentina aparición de esta cerámica en el Canaan septentrional durante el
comienzo del EB III,
hacia el 2700 a. C. ha venido dividiendo la interpretación de los investigadores
entre los que sostienen
la hipótesis de una importación de la región Transcaucásica, que es el argumento
de J. B. Hennesy5, y
los que postulan una gran migración de un grupo étnico desde el Caucaso
meridional a través de Siria
hasta el sur del Levante con asentamientos en algunas de las regiones aledañas a
las mayores rutas de
intercambio.
La interpretación, compartida por la amplia mayoría de los investigadores, de
que la cerámica de
Khirbet Kerak es resultado de un movimiento étnico conlleva, sin embargo, el
planteo de una vieja,
larga y no cerrada discusión sobre lo problemático de identificar alfarería con
pueblos.
Con el propósito de soslayar el hecho de una migración étnica pero
suscribiéndose, aunque de modo
indirecto, a las propuestas de Hennesy y I. Todd7 se han construído hipótesis de
contactos e influencias
tal como muy recientemente lo ha expresado G. Philip8 que propone una
perspectiva alternativa
de difusión de ideas y de estrategias sociales internas en las sociedades del EB
en Canaan como expresión
de un rechazo de los grupos que emplean cerámica doméstica Khirbet Kerak frente
al desarrollo
de la producción agrícola masiva que parece caracterizar la economía del
período, interpretación esta
que a nuestro juicio adolece de demasiadas suposiciones de parte del autor y una
excesivamente subjetiva
manipulación de datos y evidencias.
Pese a todo, sin embargo, aquí compartimos, quizás con cierta reserva respecto a
la falta de proyección
más allá del EB III de esta tradición cerámica, la interpretación de D. Esse y
P. K. Hopke9 que sostienen
que “la gran cantidad de cerámica Khirbet Kerak, sus formas variadas y
distintivas, y su razonablemente
restringida distribución en Palestina septentrional prácticamente elimina el
argumento de que
la ‘influencia’ Khirbet Kerak estuvo limitada a un pequeño grupo de
comerciantes. La falta de tipos
cerámicos antecedentes, el mestizaje sorprendentemente bajo en las decoraciones
y formas entre los
materiales Khirbet Kerak y los tipos cerámicos locales estándar y la
desaparición con poco o ningún
legado en las tradiciones cerámicas de Siria y Palestina nos lleva más
probablemente a un caso de
movimiento de pueblos y no a uno de “contacto cultural” o un sistema de tráfico
de alta complejidad.”
Disentimos en cuanto a la carencia de proyección o legado de esta tradición
cerámica a partir de datos
recogidos de un estudio técnico sobre Beth Shan de M. Chazan y P. E. McGovern.
Aún cuando el alto
nivel de habilidad técnica está bien atestiguado en el repertorio Khirbet Kerak
de Beth Shan se revela
aquí un uso limitado de las pátinas habituales para producir la apariencia
característica de esta cerámica.
Este hecho resulta muy importante en cuanto podemos pensar en un proceso de
adaptación o en
una variante tecnológica local en la producción.
No hay prácticamente propuestas de identificación de los portadores étnicos de
la cerámica Khirbet
Kerak a pesar de la existencia de indicadores tanto por las regiones de origen
como por materiales
cerámicos que, aunque de fecha posterior, podrían guardar con los de Khirbet
Kerak cierto paralelo.
Una hipótesis sobre la identificación étnica de la cultura Khirbet Kerak sólo
fue formulada por C. A.
Burney en 195811, y posteriormente en 198612. Burney consideró que la población
de la Cultura
Transcaucásica Temprana, y con ella la de Khirbet Kerak, fueron
predominantemente parte del grupo
Hurrita aunque, para la época en que expuso su hipótesis, admitía que la
evidencia de que se disponía
era poco abundante como para ser considerado como prueba puesto que la presencia
de éstos se limitaba
a las evidencias del segundo milenio.
En nuestro punto de vista el “fenómeno Khirbet Kerark” constituye un hito de
singular importancia en
la conformación de las tradiciones etnoculturales del Canaan nuclear pues
constituye un aporte significativo
a la hipótesis que sostenemos respecto de un eje Norte-Sur como background que
habrá de proyectarse
de distintas formas en la región alcanzando hasta los propios hebreos en cuanto
cananeos.
Pensamos que los portadores étnicos de esta cerámica pertenecieron al grupo
Hurrita. Esta presencia a
comienzos del tercer milenio en esta región recupera la plena validez de la
genial intuición de E. A.
Speiser13 en el sentido de considerar al “elemento hurrita” como un viejo
sustrato étnico de la Mesopotamia
septentrional. Esta antigüedad que, en tiempos de Burney, parecía no poder
probarse, hoy se
ve confirmada pues “la tesis según la cual los Hurritas no habrían inmigrado a
la región comprendida
entre el Eufrates y el Mediterráneo sino en la época de Mari ha sido refutada
por un documento de
Kaniš recientemente publicado”.
La cerámica de Khirbet Kerak, en nuestra opinión, adquiere así un doble
significado: por un lado confirma
el origen étnico de sus portadores y por otro, lo que es más importante para el
presente estudio,
la antigüedad de sus movimientos hacia la región del Levante. Esto último quizás
llevado a cabo en
este caso por alguna de sus parcialidades étnicas, según la hipótesis propuesta
por Diakonoff en tal
sentido.
Considerando que los materiales cerámicos Khirbet Kerak se han encontrado en
diversos sitios de
Palestina durante todo el EB III (2700-2350 a. C.) resulta difícil no pensar que
esta presencia no se
haya traducido en forma de continuidad en el sustrato cultural de la región. La
sugerida variación tecnológica
de Beth-Shan, formulada por Chazan-McGovern, es una de esas alternativas. Es
cierto, sin
embargo, que al concluir el período EB III los materiales de este repertorio
desaparecen y que algunos
han sugerido la idea de una nueva migración pero su ausencia no es un hecho
aislado sino que es parte
del fenómeno de colapso de toda la cultura urbana en Palestina que entra en una
etapa de retorno al
seminomadismo que se prolonga por casi tres siglos, la que se conoce como el
interludio EB IV/MB I.
Nosotros, sobre la base de evidencias que resultarían de las tradiciones
patriarcales bíblicas, creemos
que este fenómeno de la cultura material que atestigua una remota primer
presencia de elementos étnicos
anatólico-caucásicos –o del stock Hurrita, como sugiere Burney- es un
interesante antecedente
como vehículo difusor también de ideas que se incorporarán al corpus de cultura
espiritual de Canaan
las que irán tomando formas particulares en un largo proceso de interacción.
Sorprendentes referencias
en los mitos, instituciones y formas jurídicas de extraña factura, cierta
onomástica, características confusas
en la religión de Yahvé, que los propios editores del texto bíblico no
comprendieron pero intentaron
interpretar, erróneamente sin duda, para conservar viejas tradiciones orales nos
inducen a vislumbrar
la procedencia y filiación de un sustrato cultural multiétnico de larga data y
elaboración entre
los hebreos. Pensamos que abordando el problema con esta perspectiva abierta es
posible comprender
mejor la naturaleza compleja de este proceso y alcanzar un nivel de
interpretación adecuado que responda,
siquiera aproximadamente, a muchos interrogantes aún vigentes.
Conclusiones
El objeto del presente estudio ha sido interpelar y relacionar un conjunto de
evidencias que, a nuestro
juicio, concurren a proporcionar una interpretación alternativa del fenómeno
cultural hebreo.
Con ese propósito abordamos las problemáticas en cuestión impugnando en nuestra
reflexión una visión
que, inficionada directa o directamente por la sacralidad implícita en su fuente
básica: la Biblia,
atribuye a los Hebreos y al Antiguo Israel una suerte de originalidad singular,
“incontaminada” por el
abigarrado contexto étnico y cultural en el que su historia surge y desarrolla.
Nuestro planteo, por el contrario, reivindica esa supuesta “contaminación” como
la expresión de un
crisol productor de una síntesis en la que, por ello, afinca la más alta
categoría de originalidad. Estamos
convencidos que la trascendencia significativa de los Hebreos y el Antiguo
Israel en su contribución
al legado histórico de la Humanidad ha sido precisamente ser la expresión
decantada de un complejo,
multifacético y dinámico proceso de interacciones culturales.
Habría sido un camino de resultado incierto, peligrosamente parcial y sin duda
engañoso apelar a la
simple metodología del acostumbrado análisis histórico renunciando así a la
indagación interdisciplinaria.
El ataque del problema mediante el estudio del ecosistema, la cultura material,
las fuentes escritas
y el proceso histórico con criterio integrador e interactivo nos ha permitido
alcanzar opciones de
interpretación ricas en matices y posibilidades.
En lo referente a nuestro estudio macro-regional aunque desechamos absolutamente
una interpretación
determinista del marco ambiental sobre el proceso histórico, porque valoramos la
capacidad de creación
e innovación humanas, es difícil no tener en cuenta las peculiares
características del medio como
un importante factor en la dialéctica ecosistema-sociedad.
Algo similar ocurre con la red hidrográfica, que tanto en Siria como en
Palestina está constituida por
ríos de caudal relativo. En Palestina la red hidrográfica se reduce a unas pocas
corrientes perennes
debido a su particular régimen anual, pero esta deficiencia está compensada por
las aguas subterráneas,
las de lluvia y los manantiales. En tanto que estos últimos fueron foco de los
asentamientos agrícolas,
los abrevaderos de aguas subterráneas como las piletas naturales donde se
juntaba el agua de las
lluvias fueron puntos de concentración del seminomadismo pastoril.
Quizás las diferencias más importantes se pueden señalar desde el punto de vista
climatológico debido
a la proximidad de Palestina al Mar Mediterráneo. En toda la región el clima
varía de cálido a semiárido,
con una temperatura media anual entre 15 y 20º C aunque la distancia del mar
acentúa la semiaridez
en Siria meridional y la Djazirah en tanto que en Palestina hay una zona
subtropical árida al S y
una zona subtropical húmeda al N, subdividida en cuatro regiones climáticas. No
obstante estas diferencias,
el régimen medio anual de lluvias, aún por factores diversos, constituye otro
elemento unificador
ya que oscila, en toda la región, entre los 300 y los 600 mm.
Si repasamos el largo, complejo y diversificado proceso de domesticación de
plantas y animales que
dio origen a las actividades económicas humanas (agricultura y ganadería) que
constituyen la base
estructural sobre la que se asienta toda la Historia del Cercano Oriente Antiguo
no sería difícil deducir
cómo este continuum ambiental propició estrategias de subsistencia si no iguales
al menos harto semejantes.
En nuestro punto de vista son esas condiciones generales las que actúan como
factor propiciador de un
sustrato común que hace que, aún por encima de diferenciaciones regionales y
locales que tendrán
lugar a lo largo del proceso histórico, podamos hallar elementos vinculantes
entre las culturas que
ponen de manifiesto una sutil unidad en la diversidad.
Al abordar la realidad pasada como una trama de vínculos encadenados las
conclusiones a que arribamos,
que nos han permitido comprobar la existencia del continuum ambiental y su
incidencia sociocultural,
se nos han revelado adecuadas por la sorprendente y armónica correspondencia con
la interpretación
de la más antigua historia mesopotámica que hace N. Yoffee sobre la base de la
teoría de las
esferas de interacción cultural. La complementariedad que percibimos con nuestra
perspectiva del
problema confirma la necesidad de entender la historia como un proceso
indivisible.
Caldwell logró establecer que la circulación de ciertos bienes “unieron” a los
sistemas locales en un
área más vasta, regional o suprarregional cuyo flujo fue perpetuado mediante la
creación de un código
común de valores y creencias, que se manifestó en un corpus compartido de
símbolos con el fin de
facilitar la interacción social necesaria para el intercambio de esos bienes. El
radio de expansión de
estas redes de relaciones constituye la esfera de interacción cultural. Este
sistema actuó por encima de
los lazos de parentesco conectando a distintos pueblos y promoviendo la adopción
de innovaciones e
ideas entre las diferentes comunidades incrementando el status de las élites
locales que rápidamente
controlaron esta red de intercambios.
Yoffee recoge la hipótesis de Caldwell para adecuarla a la realidad de la más
antigua cultura de la
Mesopotamia relevando evidencias de particularidades etnoculturales del área
desde el Neolítico tardío
en adelante (Hassuna, Samarra, Halaf, Ubaid) que, a nuestro juicio, otorgan
legitimidad a este
abordaje del problema.
Nos interesa destacar que estas esferas de interacción se convierten en los
agentes transformadores de
los grupos locales, originariamente autónomos, en grupos étnicos, auto
identificados en los bienes que
los relacionan y que a su vez son intrínsecamente modificados, de manera sutil o
manifiesta, en el
proceso de esa dinámica suprarregional. No son los grupos étnicos los que
promueven la interacción
sino que a través de las esferas de interacción es que puede ser construida la
etnicidad.
Este fenómeno no es exclusivo de la Mesopotamia .En el núcleo de la cultura
Halaf y su expansión, la
región occidental de su influencia (que abarca el SE de Anatolia y el Levante
hasta Biblos, intersectándose
con la cultura Amuq C) se han hallados tipos cerámicos que son ejemplos de esta
interacción.
Algo similar hallamos en el radio de influencia de la cultura Ubaid cuya
extensión hacia el Oeste cubre
con tipos cerámicos que le están relacionados las regiones centro-oriental de
Anatolia y septentrional
del Levante hasta lo que luego será Ugarit.
Estos ejemplos nos autorizan a deducir otra esfera de interacción de
significativa trascendencia para
nuestra hipótesis de un sustrato común con predominio septentrional en
Siria-Palestina: la que tiene
como centro de irradiación la Media Luna Fértil Periférica, conocida como la
Khirbet Kerak Ware
(KKW) o Early Transcaucasian Culture (ETC).
En el siguiente cuadro:
Cultura Período
Halaf 6000 – 5400 a. C.
Ubaid 5400 – 4400 a. C.
Uruk (cuencos de borde biselado) 4400 –3400 a. C.
Trascaucásico Temprano (KKW) 2800 – 2400 a. C.
se pone de manifiesto, en nuestra opinión, un proceso cultural secuencial cuya
articulación parece
operar en la yuxtaposición e interpenetración de las esferas culturales
respectivas. Tal circunstancia
nos induce a ampliar la interpretación de Yoffee señalando que, visto como un
todo, el Cercano Oriente
Antiguo fue una única gran esfera de interacción donde cada cultura fue una
etapa en el desarrollo
de civilizaciones que, fundadas en un sustrato común o al menos fuertemente
compartido, guardaron
correspondencias intrínsecas.
Resultaría así perfectamente posible pensar en la existencia de un conjunto de
valores, símbolos e
instituciones comunes como el que Yoffee ejemplifica en la formación de un
sistema de creencias en
el período Ubaid. Esta alternativa es de muy alta significación ya que nosotros
podemos también agregar
otros elementos que resultan de las más viejas tradiciones conservadas en los
relatos Bíblicos.
La Cultura Trascaucásica Temprana constituye la última etapa de interacción
cultural macro-regional
no hegemónica en términos políticos. El surgimiento de ciudades-Estado, que a
partir del Bronce Medio
consolidarán los primeros dominios territoriales locales o con proyección
“imperial”, aunque no
cierran este proceso de interacción lo relativizan con la consolidación del
tráfico unidireccional o recíproco
de tributos o bienes de prestigio.
La cerámica de Khirbet Kerak (=Beth Yerah) que revela la expansión de la esfera
de interacción cultural
del Trascaucásico Temprano en el Gran Canaan, constituye la prueba de mayor peso
sobre la naturaleza
predominante en el sustrato común del fenómeno etnocultural hebreo en el Canaan
nuclear.
La evidencia de la antigüedad de la cultura hurrita -que los haría anteriores a
la dinastía súmera de
Lagash- deja fuera de duda la identidad de los portadores de la KKW –lo que
Burney no pudo probar
en su tiempo- y otorga fundamento sólido a nuestra hipótesis del factor
predominante en el sustrato
común sobre el que se asentará la etnocultura hebrea en tanto canaanea.
Naturalmente que estos argumentos
podrían rechazarse por la supuestamente súbita desaparición de la cerámica
Khirbet Kerak a
fines del EBIII y que, siguiendo a D. Esse y P. K. Hopke9, se afirme su ausencia
de legado en el repertorio
cerámico de Canaan. Sin embargo, tal interpretación carece de sustento firme en
atención a lo
sugerido por M. Chazan y P. E. McGovern en su estudio técnico sobre el material
cerámico de Beth
Shan. las variaciones técnicas advertidas por estos investigadores en el
repertorio cerámico Khirbet
Kerak de Beth Shan inducen a “pensar en un proceso de adaptación o en una
variante tecnológica local
en la producción. Si bien es cierto que faltan realizar estudios similares en
otros sitios para verificar la
existencia de otras variaciones esto podría tomarse como un “caso testigo” de un
proceso de mestizaje
progresivo hasta “desaparecer” por asimilación.”
Como es bien sabido desde el 2300 a. C., es decir al fin del EB III, se produce
en Canaan, una acelerada
desaparición de su rica cultura urbana lo que hasta muy recientemente era
explicado por los arqueólogos
e historiadores de Palestina como consecuencia de una “invasión bárbara”,
especialmente identificada
como un movimiento en gran escala de los Semitas Occidentales o Amorreos. Frente
a esta
interpretación clásica las nuevas excavaciones y el análisis de los datos
obtenidos en los últimos 20
años han restado validez a la “hipótesis Amorrea” y la visión del nomadismo
pastoril como belicosa
contradicción de la vida urbana.
Sin embargo, el aumento del estilo de vida nómada no fue la causa sino el efecto
principal del colapso
de la gran mayoría de los centros urbanos del EB II-III. Es en realidad un
proceso cíclico en el desarrollo
socio-político y demográfico de Canaan, y también como elemento participante en
este colapso
se puede agregar la predación humana descontrolada del medio ambiente.
Debemos poner en relieve algunas cuestiones significativas. En primer lugar que
la desaparición de la
tecnología cerámica Khirbet Kerak no podría ser calificada como “súbita” o
“abrupta” como no pudo
serlo el proceso de la decadencia y “destrucción” de las ciudades. En segundo
lugar resulta bastante
difícil aceptar que cuatro siglos de un repertorio cerámico desaparezca sin
dejar rastros de ningún tipo.
El relevante peso de la presencia anatólico-caucásica o hurrita en Canaan es, un
dato insoslayable ya
que como Dever señala la evidencia indica que incluso durante el auge del
pastoralismo del EB IV no
se interrumpieron los contactos de larga distancia desde el Negev-Sinai a Siria
septentrional atestiguados
por el hallazgo de lingotes de cobre, materias primas exóticas (como la
obsidiana) y otros ítem
derivados de las regiones semi-áridas.
No casualmente los Faraones del Imperio Nuevo, particularmente evidente en la
onomástica de los
gobernantes de las ciudades-Estado canaaneas contenidas en la correspondencia de
el-Amarnah, aludían
a Canaan como “Hurru”. Estos y otros ejemplos dejan en claro que la población de
Canaan fue
algunas veces vista por los egipcios como “Hurritas”.
Si los distintos aspectos de los repertorios de la cultura material del Canaan
nuclear mostrarían, al
relacionarlos interactivamente, una sutil y original unidad intrínseca en la que
el factor etnocultural
hurrita revela una importancia significativa como elemento estructurador de una
base compartida, el
estudio de ciertas particularidades de las tradiciones patriarcales parecen
constituirse en la prueba de
que los hebreos fueron la síntesis final de un sustrato común.
El análisis de los núcleos significativos de las tablas genealógicas de Génesis
proporcionan valiosos
elementos de juicio de una síntesis multiétnica a la que la memoria colectiva de
los protagonistas, indudable
fuente original de los editores, atribuye su procedencia. Aunque no están
elaboradas como lo
que se suele denominar mitos de origen, este carácter etiológico se nos revela
latente en las mismas.
Si se examina el ciclo patriarcal de Noe (Gen VI-XI) no aisladamente sino de
manera articulada con el
conjunto de evidencias que reunimos en el estudio de los repertorios
arqueológicos es posible percibir
una sutil correspondencia que pone de manifiesto el inicio de un fenómeno
cultural cuyo desarrollo
secuencial es plausible de seguir a través de las genealogías subsiguientes.
Dicho de forma intempestiva en las narraciones de Gen VI a XI se apreciaría el
transfundo primario
con que la memoria colectiva se autoexplicó la complejidad de su composición en
tanto que el ciclo de
Isaac y Jacob (Gen XXV a XXXVII) expresaría el aspecto secundario cual es las
etapas de consolidación
del proceso multiétnico en el Canaan nuclear.
Apelando nuevamente a la hipótesis de las esferas de interacción cultural, que
es un principio determinante
en nuestros estudios, no sorprende que en el ciclo de Noe se reconozcan
precedentes mesopotámicos
como el mito del Diluvio que, desde esta perspectiva, no sería ya una copia de
modelos súmeroacadios
sino la adaptación a otro medio etnocultural de un patrimonio simbólico
compartido. En esta
línea de pensamiento no resulta extraña la mención, supuestamente enigmática,
del Monte Ararat sino
la expresión confirmatoria de las regiones de procedencia del núcleo primario de
un grupo humano en
formación.
El otro ciclo patriarcal que enlaza con el proceso primario constituyendo lo que
consideramos una
segunda etapa es el que corresponde a Isaac y sus descendientes (Gen XXV a
XXXVII). Dentro de
este ciclo la historia de Esaú/Edom y Jacob/Israel constituyen un núcleo
significativo de particular
importancia en razón de ser el eje principal del mismo.
Si en las narraciones que giran en torno a Noe y sus descendientes el acento
está puesto en la diversidad
de procedencia de los hebreos, en la parte de Génesis que concierne a Isaac y su
familia se manifiesta
un proceso de interacciones que transformará el conglomerado híbrido primitivo
en una identidad
diferenciada. Este proceso ahora ya no tiene como escenario la macro-región
sino, preferencialmente,
el ámbito geográfico que será el hábitat histórico del Antiguo Israel.
Concomitantemente, las
acciones de Jacob, personaje principal de este ciclo, como las de Abraham en el
ciclo anterior, reafirman
–como veremos luego- el carácter del sustrato común en el proceso de síntesis
cultural.
Relacionando los contenidos etiológicos de Gen XXV y XXXVI se accede a una
visión bastante clara
de las estrechas relaciones de los elementos étnicos en Canaan en vías de
constituir una nueva identidad
étnica y cultural. El hecho de que Esaú y Jacob no son simplemente hermanos sino
gemelos y que
Esaú es el primogénito real y las vinculaciones familiares entabladas por éste
con los horitas de Seir,
que hacen que su hermano quede a su vez relacionado indirectamente con aquéllos
nos ponen en la
pista firme del factor dominante en la conformación de los hebreos como sujetos
históricos, circunstancia
que se nos presenta fortalecida al vincularla con las evidencias que hemos
recogido en nuestros
estudios sobre la cultura material.
El origen de este proceso tiene raíces complejas que no son fácilmente
discernibles. Sin embargo el
principio generador que puede explicarlo, al menos en cierta medida, debe
buscarse en el fenómeno de
los habiru.
El fenómeno habiru reúne todas las condiciones necesarias para ser el motor que
ha propiciado el nacimiento
de una identidad a partir de lo múltiple y consecuentemente la originalidad de
una síntesis
cultural que halla su expresión “histórica” en las tradiciones patriarcales.
Intentando una reconstrucción
histórica general de este proceso se podría decir que tras las dos oleadas
sucesivas de los Amorreos
por Mesopotamia muchos grupos (o tribus?) lograron tomar el poder en ciertas
ciudades importantes,
sin que se pueda discernir un enfrentamiento violento (más bien una penetración
lenta y continua)
pero al mismo tiempo otros quedaron excluidos de la vida urbana.
Los grupos que no lograron sedentarizarse se retiraron hacia el Noroeste, de
donde provenían. La mayor
parte eran "amorreos" hablando una lengua semítica próxima al cananeo. En su
reflujo, se unieron
a ellos otros “expulsados” de la sedentarización, sin duda elementos hurritas,
también en marcha hacia
el oeste. Más o menos reagrupados en la Alta Mesopotamia, estos “fuera de la
ley” recibían el nombre
de Habiru y eran tenidos por bandidos peligrosos. Éstos habrían conservado este
término peyorativo
para finalmente obtener gloria y mostrar a los que los despreciaban lo que
Yahvé, uno de sus dioses,
había hecho de ellos.
Quizás el argumento más contundente para corroborar las evidencias expuestas
sean las características
de las instituciones del derecho de familia, donde el procedimiento comparativo
con los documentos
de Nuzi revelan de forma insoslayable la procedencia hurrita de los hábitos
jurídicos, costumbres familiares
y ciertas formas de religiosidad en la vida social patriarcal, algunas de las
cuales trascienden
hasta épocas históricas, como el caso de los terafim que aparecen mencionados en
II Reyes XXIII, 24;
Eze XXI, 26; Oseas III, 4; Zac X, 2.
Con todas estas evidencias, existe la posibilidad de sostener que los hebreos
constituyen la expresión
final de un complejo proceso que tuvo lugar en el Levante, entre el III y el
temprano I milenio a. C.,
donde incidió preeminentemente un fenómeno de interacciones cuyo núcleo de
irradiación se hallaba
en las regiones de Transcaucásica, Siria y Mesopotamia septentrional. El
vehículo portador de esta
irradiación cultural, sobre las poblaciones autóctonas del Canaan nuclear,
habría sido la expansión de
los anatólico-caucásicos (hurritas) y los amorreos que originaron así
expresiones simbióticas, como
variantes de un sustrato común.