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1º Parcial B  |  Sociología (Cátedra: Gamallo - 2021)  |  CBC  |  UBA

Consigna 1. Ejercicio de desarrollo

Marx afirma que “el modo de producción de la vida material condiciona el proceso de vida social, político y espiritual en general”. Desarrolle esta afirmación considerando los conceptos de: modo de producción, estructura y superestructura.

Consigna 2. Ejercicio de interpretación

Lea el cuento La oveja negra, de Ítalo Calvino. Luego realice un ejercicio de interpretación que contenga los siguientes conceptos analíticos que Émile Durkheim trata en Las reglas del método sociológico: hecho social, originalidad individual, delito, sanción, coerción y exterioridad, cambio social, normalidad.

Consigna 3. Ejercicio de justificación

Indique si la siguiente frase es verdadera o falsa. Posteriormente justifique su elección (si se responde sólo V o F se considera respuesta incorrecta).

• Según Max Weber, las relaciones de dominación se mantienen únicamente porque quien domina amenaza a los dominados con el uso de la violencia física.

El hombre que llamaba a Teresa

Ítalo Calvino

Bajé de la acera, di unos pasos hacia atrás mirando para arriba y, al llegar a la mitad de la calzada, me llevé las manos a la boca, como un megáfono, y grité hacia los últimos pisos del edificio:

-¡Teresa!

Mi sombra se espantó de la luna y se acurrucó entre mis pies.

Pasó alguien. Yo llamé otra vez:

-¡Teresa!

El hombre se acercó, dijo:

-Si no grita más fuerte no le oirá. Probemos los dos. Cuento hasta tres, a la de tres atacamos juntos.

-Y dijo-: Uno, dos, tres.

-Y juntos gritamos-: ¡Tereeesaaa!

Pasó un grupo de amigos, que volvían del teatro o del café, y nos vieron llamando.

Dijeron: -Ale, también nosotros ayudamos.

Y también ellos se plantaron en mitad de la calle y el de antes decía uno, dos, tres y entonces todos en coro gritábamos:

-¡Tereeesaaa!

Pasó alguien más y se nos unió, al cabo de un cuarto de hora nos habíamos reunido unos cuantos, casi unos veinte. Y de vez en cuando llegaba alguien nuevo.

Ponernos de acuerdo para gritar bien, todos juntos, no fue fácil. Había siempre alguien que empezaba antes del tres o que tardaba demasiado, pero al final conseguíamos algo bien hecho. Convinimos en que “Te” debía decirse bajo y largo, “re” agudo y largo, “sa” bajo y breve. Salía muy bien. Y de vez en cuando alguna discusión porque alguien desentonaba.

Ya empezábamos a estar bien coordinados cuando uno que, a juzgar por la voz, debía de tener la cara llena de pecas, preguntó:

-Pero ¿está seguro de que está en casa?

-Yo no -respondí.

-Mal asunto -dijo otro-. ¿Se había olvidado la llave, verdad?

-No es ese el caso -dije-, la llave la tengo.

-Entonces -me preguntaron-, ¿por qué no sube?

-Pero si yo no vivo aquí -contesté-. Vivo al otro lado de la ciudad.

-Entonces, disculpe la curiosidad -dijo circunspecto el de la voz llena de pecas-, ¿quién vive aquí?

-No sabría decirlo -dije.

Alrededor hubo un cierto descontento.

-¿Se puede saber entonces -preguntó uno con la voz llena de dientes- por que llama a Teresa desde aquí abajo.

-Si es por mí -respondí-, podemos gritar también con otro nombre, o en otro lugar. Para lo que cuesta.

Los otros se quedaron un poco mortificados.

-¿Por casualidad no habrá querido gastarnos una broma? -preguntó el de las pecas, suspicaz.

-¿Y qué? -dije resentido y me volví hacia los otros buscando una garantía de mis intenciones.

Los otros guardaron silencio, mostrando que no habían recogido la insinuación.

Hubo un momento de malestar.

-Veamos -dijo uno, conciliador-. Podemos llamar a Teresa una vez más y nos vamos a casa.

Y una vez más fue el “uno, dos, tres: ¡Teresa!”, pero no salió tan bien. Después nos separamos, unos se fueron por un lado, otros por el otro.

Ya había doblado la esquina de la plaza, cuando me pareció escuchar una vez más una voz que gritaba:

-¡Tee-reee-sa!

Alguien seguía llamando, obstinado.

[Italo Calvino, “El hombre que llamaba a Teresa”, en La Gran bonanza de las Antillas, Barcelona, Tusquets Editores S. A., Colección Fábula, 1999.]

La oveja negra

Ítalo Calvino

Érase un país donde todos eran ladrones.

Por la noche cada uno de los habitantes salía con una ganzúa y una linterna sorda, para ir a saquear la casa de un vecino. Al regresar, al alba, cargado, encontraba su casa desvalijada.

Y todos vivían en concordia y sin daño, porque uno robaba a otro y este a otro y así sucesivamente, hasta llegar al último que robaba al primero. En aquel país el comercio sólo se practicaba en forma de embrollo, tanto por parte del que vendía como del que compraba. El gobierno era una asociación creada para delinquir en perjuicio de los súbditos, y por su lado los súbditos sólo pensaban en defraudar al gobierno. La vida transcurría sin tropiezos, y no había ni ricos ni pobres.

Pero he aquí que, no se sabe cómo, apareció en el país un hombre honrado. Por la noche, en lugar de salir con la bolsa y la linterna, se quedaba en casa fumando y leyendo novelas.

Llegaban los ladrones, veían la luz encendida y no subían.

Esto duró un tiempo; después hubo que darle a entender que si él quería vivir sin hacer nada, no era una buena razón para no dejar hacer a los demás. Cada noche que pasaba en casa era una familia que no comía al día siguiente.

Frente a estas razones el hombre honrado no podía oponerse. También él empezó a salir por la noche para regresar al alba, pero no iba a robar. Era honrado, no había nada que hacer. Iba hasta el puente y se quedaba mirando pasar el agua. Volvía a casa y la encontraba saqueada.

En menos de una semana el hombre honrado se encontró sin un céntimo, sin tener qué comer, con la casa vacía. Pero hasta ahí no había nada que decir, porque era culpa suya; lo malo era que de ese modo suyo de proceder nacía un gran desorden. Porque él se dejaba robar todo y entretanto no robaba a nadie; de modo que había alguien que al regresar al alba encontraba su casa intacta: la casa que él hubiera debido desvalijar. El hecho es que al cabo de un tiempo los que no eran robados llegaron a ser más ricos que los otros y no quisieron seguir robando. Y por otro lado los que iban a robar a la casa del hombre honrado la encontraban siempre vacía; de modo que se volvían pobres.

Entre tanto los que se habían vuelto ricos se acostumbraron también a ir al puente por la noche, a ver correr el agua. Esto aumentó la confusión, por que hubo muchos otros que se hicieron ricos y muchos otros que se volvieron pobres.

Pero los ricos vieron que yendo de noche al puente, al cabo de un tiempo se volverían pobres. Y pensaron: “Paguemos a los pobres para que vayan a robar por nuestra cuenta”. Se firmaron contratos, se establecieron los salarios, los porcentajes: naturalmente siempre eran ladrones y trataban de engañarse unos a otros. Pero como suele suceder, los ricos se hacían cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.

Había ricos tan ricos que ya no tenían necesidad de robar o de hacer robar para seguir siendo ricos. Pero si dejaban de robar se volvían pobres por que los pobres les robaban. Entonces pagaron a los más pobres de los pobres para defender de los otros pobres sus propias casas, y así fue como instituyeron la policía y construyeron las cárceles.

De esa manera, pocos años después del advenimiento del hombre honrado, ya no se hablaba de robar o de ser robados sino solo de ricos o de pobres; y sin embargo todos seguían siendo ladrones.

Honrado sólo había habido aquel fulano, y no tardó en morirse de hambre.

[Italo Calvino, “La oveja negra”, en La Gran bonanza de las Antillas, Barcelona, Tusquets Editores S. A., Colección Fábula, 1999.]


 

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